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José Luis López de Lizaga, profesor de Filosofía: “Necesitamos un lenguaje laico y ateo para enfrentar experiencias límite como la muerte y el duelo” José Luis López de Lizaga, profesor de Filosofía: “Necesitamos un lenguaje laico y ateo para enfrentar experiencias límite como la muerte y el duelo”
José Luis López de Lizaga, en una imagen de su archivo personal

José Luis López de Lizaga, profesor de Filosofía: “Necesitamos un lenguaje laico y ateo para enfrentar experiencias límite como la muerte y el duelo”

Reflexionará este sábado en Alcañiz sobre la pérdida de seres queridos desde un enfoque desvinculado de la religión
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José Luis López de Lizaga (Madrid, 1975) es profesor titular de Filosofía en la Universidad de Zaragoza. Este sábado (11:30 horas, Palacio Ardid) participa en un café filosófico en Alcañiz organizado por el Instituto de Estudios Turolenses y la Fundación Mindán Manero. Abordará la muerte y el duelo, temática de su último libro publicado en 2024, con el que reflexiona sobre la pérdida de seres queridos desde una perspectiva filosófica desvinculada de la tradición católica.

-¿Qué plantearnos ante la muerte de un ser querido?

-Filósofos como Vladimir Jankélévitch, Sören Kierkegaard, Martin Heidegger o el propio Epicuro han hablado mucho sobre la muerte propia, en primera persona, pero han descuidado la experiencia de la muerte del otro y la importancia que esta tiene para nosotros. Es una carencia de la filosofía contemporánea que mi libro no trata ni mucho menos de suplir, porque es un ensayo filosófico sobre la muerte y el duelo, muy personal, que hice tras la muerte de mi padre.

-¿La muerte de otros es la que más nos afecta, porque de la nuestra no nos enteraremos?

-Jankélévitch distinguió tres perspectivas posibles sobre la muerte: primera, segunda y tercera persona. La primera es cómo veo yo mi propia muerte de forma anticipada. En la tercera persona se afronta la muerte como un acontecimiento objetivo. Y la segunda persona es cómo sentimos la muerte de seres queridos. Epicuro, en un argumento muy clásico, dice que en realidad no debería preocuparnos la muerte porque cuando ella llega nosotros ya no estamos. Lo que nos preocupa de morir es pensar ahora que no vamos a estar en algún momento. Pero se ha descuidado la segunda persona. La muerte propia es la más aterradora pero la que más duele es la de los seres queridos, algo que desmiente el argumento de Epicuro.

-¿Qué relación tenemos hoy con la idea de morir?

-Nos hemos reconciliado en nuestra época con la idea de nuestra propia muerte. Cuando se acerque va a haber un momento de terror, pero la asumimos mejor. Unamuno le da mucha importancia porque le parece escandalosa la idea de desaparecer, pero ha dejado ya de preocuparnos tanto. Nos sigue doliendo en el alma la muerte del otro, eso sí. Este tema se aborda más en la literatura. De ello hablaré.

-¿Es importante verbalizar las emociones, o escribirlas?

-Un duelo es un proceso muy lento y laborioso. No creo que haya recetas generales, pero para mí escribir era una necesidad. Todo el mundo debería poderse tomar el tiempo y el espacio emocional que requiere la gestión de la muerte de una persona querida. Nuestra sociedad está muy organizada para que otras tareas y objetivos sepulten nuestras emociones, cuando el duelo es un periodo de mucha vulnerabilidad y es comparable a una enfermedad. Solo tenemos en el trabajo dos o tres días cuando muere un familiar de primer grado, cuando tendría que haber una baja laboral específica.

-¿Qué reflexiones pueden concluirse de su ensayo?

-Los recursos culturales de que disponemos para expresar nuestras experiencias ante la pérdida y el duelo son insuficientes porque, hasta hace no mucho tiempo, el lenguaje era el de la religión. Ahora vivimos en una sociedad secularizada. Yo soy ateo, y las personas que no creemos nos vemos con una cierta carencia de recursos. Necesitamos enfoques nuevos, rituales y palabras que no estén monopolizadas por la tradición religiosa, que a mí me suenan a huecas.

-Usted no cree que vaya a volver a encontrarse con su padre nunca más.

-No lo voy a ver nunca más. Los ateos pensamos que la muerte es definitiva y no hay nada después. Nunca juzgaría las creencias de nadie, pero pienso que conviene mirar de frente la realidad de la muerte y no es muy esperanzadora. Cuando alguien vive de cerca una muerte no tiene demasiados motivos para esperar nada después. Hay muchas personas que basan sus creencias en la supervivencia después de la muerte simplemente en el deseo de que sean verdaderas. Las necesidades psicológicas son respetables, pero desde el punto de vista filosófico no podemos confundir deseos y razones.

-¿Faltan rituales de despedida alejados de la religión?

-Desde el punto de vista cultural y social, el peso de la religión en las sociedades occidentales democráticas actuales es mucho menor. La religión va perdiendo autoridad y capacidad de convicción. En este contexto, uno constata que las respuestas de la religión pueden ser insuficientes. Nos hace falta un lenguaje laico, ateo para experiencias límite como la muerte. Cuando he hablado en público de esto veo que la gente agradece esta perspectiva. Si no, lo único que tendremos a mano seguirán siendo los funerales católicos. Mi ensayo es una pequeña aportación desde una perspectiva atea, aunque quiero no adopto una posición beligerante contra ninguna religión.

-¿Qué le parece que desde las instituciones se promuevan cafés filosóficos como este?

-Todo lo que hagamos desde la Universidad para un público amplio, que no sean estudiantes y colegas, me parece muy interesante. La gente demanda instrumentos conceptuales para entender el presente y desde la Filosofía podemos hacerlo, y podemos hacerlo bien.

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