

Trabajo en equipo en todo y para todo; cuando hace falta y cuando no, e incluso cuando es contraproducente. Más vale que sobre que no que falte. Y encima está de moda, con lo que más vale no reflexionar demasiado.
El trabajo en equipo es la tendencia, la manía o la tontería del momento, del siglo, del fin del mundo en que se va convirtiendo este principio de siglo; un sambenito laboral que se ha puesto a todo lo laborable o laboroide, como si el trabajo en equipo fuese la panacea; como si funcionase igual en todos los oficios; como si no sirviese a veces para encubrir la ineptitud.
En ciertos ámbitos, cuando no se sabe qué hacer, se trabaja mucho en equipo; así se atomiza la responsabilidad, se diluye la cosa y se disfraza de acción la inacción. Porque lo cierto -y eso lo saben mejor que nadie los incondicionales del trabajo en equipo- es que trabajar en equipo resulta muy útil en las ingenierías, en la construcción, en la medicina, en los grandes proyectos industriales o en todo tipo de investigaciones, pero no en los trabajos artísticos, humanísticos o simplemente humanos.
Dominique Lapierre y Larry Collins quisieron escribir novelas al alimón y acabaron guisando unos reportajes largotes y farragosos que llevan medio siglo acumulando polvo. Y si los apellidos Lapierre y Collins no despiertan ecos familiares y elocuentes en las orejas de mi caro lector, quizá imaginar al gran Miguel Ángel esculpiendo su David en colaboración con otro tipo haga surgir en su cerebro un vivo destello de incompatibilidad; o a Leonardo da Vinci dejando que otro metiera mano en el esfumato sublime de su Gioconda. Sólo porque se moría permitió Mozart que su discípulo Süssmayr acabase los movimientos que faltaban al Réquiem, y no sin darle antes indicaciones precisas. Las artes no casan bien con el trabajo en equipo; ni la enseñanza, como arte que, desde cierto punto de vista, es.
La enseñanza secundaria, por ejemplo, no va tanto de transmitir conocimientos -lo de secundaria se aprende ya en primaria y se sigue machacando en bachillerato- como de generar empatía, descubrir la trascendencia e inspirar el amor a la cultura, tesoros humanos en modo alguno académicos para cuyo hallazgo es más necesario un artista que un perito.
Esto no lo saben los que organizan el cotarro ni las directivas de los colegios, unos por ignorancia pura y los otros por el inmenso aturdimiento que les ocasionan sus incontables miedos, incapacidades y servidumbres.
La misma lástima que daban Dominique y Larry metidos en su tabuco intentando extraer, mano a mano, algo de aquel montón de papelotes; la misma seguridad que tenía uno, al verlos así, de que no sacarían en limpio más que un mamotreto ilegible, son las que inspira un equipo directivo poniendo en la web que su colegio existe y orbita en torno al trabajo en equipo.
Se representa uno al profesor de historia y al de matemáticas en la figura de Velázquez dando los últimos toques a la ceja de su Aguador de Sevilla mientras otro tío le va rematando la boca. El quid, aquí, está en el su. Se trata del aguador de Velázquez; de su aguador; de su obra; que perderá originalidad, porque perderá personalidad, si otro mete la zarpa.
El trabajo en equipo, en un caso como éste, sería contaminación, invalidación y chafarrinón. Y lo mismo pasa en la enseñanza, donde cada profesor es el Velázquez de su asignatura, de su aula, de sus alumnos. Debe imprimir en ellos algo de su carácter, de lo genuino que hay en él. De ahí la gran responsabilidad que su tarea supone y la insobornable vocación que requiere.
Y de ahí también la enorme torpeza del directivo que se pirra por el trabajo en equipo y lo impone al claustro. No ve por ningún lado, en su ceguera trabajoequipista, en su propensión al camino fácil, en su opción por la vía paralela y adulteradora, que los contenidos, los conceptos, los temas y las academicidades, carne de olvido en cuanto empieza el verano, son lo de menos.
Mark Twain se ufanaba de no haber dejado que la escuela influyera en su educación, lo cual demuestra que la cosa viene de antiguo. Sus profesores debieron llevar también a la chepa una directiva ordenancista y obtusa: sin imaginación, y por tanto devotísima del trabajo en equipo, de la colectivización de la impotencia y del remar todos juntos hacia la mediocridad.