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La tregua La tregua
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Javier Lizaga
¿Sabes lo que te pasa? Que no vas a ninguna parte”. Las palabras, a veces, si se tragan rápido, no pasan, como un trozo despistado de nuez. No es por mí. Santomé se quedó intranquilo, como si el borracho le hubiera dicho lo que ni él sabía. Disfrutaba, a diario, al escribir con trazo redondo las letras del asiento contable. Dividido entre quien ejecuta maquinalmente su tarea y, quien, como un estudiante en última hora, vuela lejos de su libro. Santomé es ese oficinista viudo que, a punto de jubilarse, se enamora. Benedetti nos incordió a todos, como el borracho a Santomé.

La rutina de Santomé se escribe en los papeles que guardamos, presuntamente olvidados, dentro de un libro. En los objetos inservibles que camuflamos en los cajones. En las excusas autoimpuestas para no tirar esa camisa que no nos pondremos más. En la pequeña utopía de un reloj que no funciona. En la negativa cerril a tirar algo. No es nostalgia, es autoengaño.

Y es, al mismo tiempo, Santomé el que nos aprieta, el que cuenta lunares mientras repasa las cuentas de la empresa. Qué satisfacción tirar unas zapatillas de tu hijo, devoradas por un balón. Qué generosidad prestar una cuna que ya no quieres que te devuelvan. Qué alegría compartir unos libros que leíste de memoria cada tarde. Nada como tirar una camiseta que ha encogido. No es desgaste, es una pequeña victoria de la vida.

Jose Luis Sampedro les contaba a sus alumnos, para diferenciar trabajo y placer, que sólo gracias a su espíritu de trabajo e iniciativa había conseguido salir del banco, en el que trabajó 30 años, sin saber nada de operaciones bancarias. En la otra orilla, para Gramsci, más que los actos heroicos, mata la indiferencia.

Mi pretensión, además de ser feliz, es que usted lo sea, confiesa Santomé. ¿Qué importa entonces todo lo que guardaste o lo que perdiste? ¿A dónde mirar, adelante o atrás? Lo peor de todo es que Santomé sólo nos dice lo ridículos que somos.