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Javier Silvestre
Se podría medir la prosperidad de la ciudad de Teruel en función de los establecimientos de comida rápida que tiene. Aún recuerdo cuando hace más de una década se anunció que, pese a no llegar al baremo establecido por McDonalds, el gigante estadounidense había decidido abrir un restaurante frente al entonces Sabeco. ¡Qué ilusión tener acceso a toda esa comida rápida, cargada de glutamato y que uno puede degustar sin bajarse ni tan siquiera del coche! Cuál es mi sorpresa, cuando leo en este periódico, que ahora se va a instalar en la capital turolense su rival directo: el Burger King.

¡Ah! ¡Ahora sí que somos una ciudad cosmopolita! El fast food es lo que tiene, que te eleva a la categoría de “lugar globalizado”. Nos falta un Zara (Amancio, no sé a qué esperas), un multicine Cinesa 3D  y un hotel NH para entrar en la primera división de la homogeneidad consumista. Quién sabe, quizás en un futuro este sueño se haga realidad.

Cierro los ojos y ya me estoy imaginando nuestra calle San Juan siendo la Milla de Oro aragonesa, cargada de bolsos de lujo y ropa prêt-à-porter tan sólo accesible para los turistas orientales que llegarán directos en vuelos charter. Para los nacionales será mejor llenar el Tozal de tiendas de diseño low cost con ropa que se destruye al cuarto lavado y cuya procedencia suele estar muy lejos de nuestra tierra. Eso por no hablar de los nuevos típicos bares turolenses donde el bocadillo de jamón serrano con mayonesa y ketchup hará las delicias de propios y extraños.

El kiosko de la plaza del Torico ya no venderá tanta prensa porque se convertirá en una expendeduría de imanes con forma de pata de cerdo, trajes de flamenca y botellines de agua a 4 euros la unidad. Y cómo no, en el Óvalo habrá unas grandes letras blancas donde se leerá “Teruel is love” para que los visitantes se hagan un selfie que nos promocione gratuítamente entre todos sus followers.

Los apartamentos turísticos harán las delicias de los vecinos del centro, que verán cómo tienen que cruzar el viaducto porque no les queda ni una tienda abierta donde poder hacer la compra del día. Y los fines de semana, la zona de bares recuperará todo su esplendor perdido con despedidas de soltero y turistas procedentes de Manchester que aprovecharán barras libres de licores infames.

Las cafeterías del centro, donde nuestros padres toman su café con churros a diario, pasarán a servir los siempre sofisticadísimos capuchinos frappé acompañados por unos muffins elaborados en una empresa de conservas valenciana y que se podrán calentar al momento en un microondas consiguiendo una textura que ni en Muñoz. Al caer la tarde, nada mejor que reconvertirse en cervecerías artesanas con fotos antiguas de la ciudad que demuestren la tradición que siempre ha existido por el lúpulo turolense… Una tradición desconocida hasta que empezamos a ser una ciudad chachi más. 

Quizás, al final, no quede nadie viviendo en el centro de la ciudad pero… ¿qué más dará? ¡Seremos molones a nivel mundial! Largas colas para ver el mausoleo de los amantes y para subir a las torres, mientras vendedores ambulantes ofrecen refrigerio en verano y caldo en invierno para las hordas de turistas que nos visiten… Colas para comer, colas para cenar, colas para mear… Pero oigan, donde hay una cola de turistas hay una cola de euros. Y esto es incuestionable.

Cierro los ojos y me lo imagino. Y un escalofrío recorre mi cuerpo. Debe de ser que se me ha atragantado la hamburguesa que me acabo de zampar…