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Nuria Andrés

Desde hace un tiempo, en Europa ya no leemos solamente la palabra "Guerra’"en los libros ambientados en el siglo XX. Desde hace tres años, desde ese 24 de febrero de 2022 cuando Rusia invadió Ucrania, está en los periódicos, en las campañas electorales y hasta en las calles. 

Hace tres años, todos teníamos claro quién era el invasor, a qué país debíamos ayudar y cuál era la amenaza, hoy todo el tablero parece haberse dado la vuelta. En aquel 2022 nos preguntábamos cómo estaríamos el año que viene. Si todo esto habría acabado, si la humanidad habría recuperado la cordura, si ya habríamos dejado de hablar de anexionar territorios y crear imperios. Como en esos libros que hablaban de países vecinos invadidos y que nos parecía impensable que eso hubiera sucedido hace menos de cien años. 

La realidad es que, tres años más tarde, la guerra se siente más cerca que nunca, con la Unión Europea intentando hacerse hueco en la toma de decisiones de esta batalla que ahora parece nuestra y Estados Unidos estudiando cómo salir indemne de esta contienda, tratando de hacer ver que es un simple mediador entre Rusia y Ucrania después de meses de aparente fervor hacia la liberación de Ucrania, tras todas las promesas de que 'el país de la libertad' nunca abandonaría al territorio de Zelenski.

Los valores de la Unión Europea no casan con el nuevo inquilino de la Casa Blanca. Solo hay que ver las últimas palabras que nos ha dedicado acerca de “lo mal” que nos hemos portado con su país. Como si estuviéramos en una eterna deuda desde el plan Marshall de la II Guerra Mundial. La realidad es que Europa tiene que pelear por su propia posición, por su criterio y sus valores. Ahora, más que nunca es cuando tiene que demostrar la unión, esa que, precisamente, da tanto miedo al presidente de Estados Unidos y a las fuerzas reaccionarias. 

Mientras tanto, en Ucrania llevan tres años padeciendo una invasión y viendo como los hombres más jóvenes deben irse a luchar al frente, tres años en un país que está al borde del precipicio económico, que creyó que un día podría ganar la guerra gracias al apoyo internacional y que ahora solo ve la soledad al otro lado del frente.