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Javier Lizaga

La frase decisoria es, a veces, la pregunta más banal. “Pero tú, ¿quieres ir a Vancouver?”, le pregunta él a ella en Los años nuevos, la última maravilla de Sorogoyen en forma de serie. Porque siempre hay una pregunta que lo cambia todo. Una decisión pendiente y, mientras tanto, es cuando te cambia la vida. Una pregunta que retumba durante días, meses, en nuestra cabeza, pero que no escuchamos hasta que la formula otro. Como un desconocido que, de repente, te dice “buenos días”.

Nunca Rick, ni otro, dijo en Casablanca “Tócala otra vez Sam” y, sigue siendo la frase más famosa de la película. Porque una frase lo cambia todo, de Kafka a Pessoa, que decía: “Lloro sobre mis páginas imperfectas, pero quienes vengan mañana, si las leen sentirán más con mi llanto de lo que sentirían con la perfección”. No sólo es una renuncia a la perfección. Es una renuncia a la consciencia de ella. Lo mejor que uno hace, la frase que enamora, el gesto que habla de nosotros, el detalle que nos define, debe y suele ser totalmente involuntario.

Tú que te crees tan importante, el día que aparezca tu nombre en una esquela, tendrá el peso de una hormiga, canta Carlos Ares. Porque sería casi una obviedad. Algo que avanza a base de preguntas que fingimos no oír, con respuestas que no queremos dar, no puede tomarse en serio. La vida. Y, sin embargo, ya lo decía Sabina, de vez en cuando, te quiero. Porque no importa ni la pregunta, cuya respuesta ya sabemos, ni cabe disimular. Es esa sensación de no estar solo ante todo este sinsentido.

Caravaggio se pintó dos veces en David con la testa de Goliat: él de joven como David, y más maduro como la cabeza cortada del gigante. Siempre somos nosotros. Siempre hablamos de nosotros, no podemos evitar ver el mundo a través de nuestros ojos y obsesiones. Por eso, la pregunta más banal es clave, porque dejamos de hablar solos. Y porque la única respuesta es el otro. Y algo así podría ser el amor.