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La escena resume Il Divo, la película de Sorrentino que dibuja a Andreotti, el presidente italiano que se apoyó en la Mafia para gobernar. “Perpetuar el mal para garantizar el bien”, expresa mirando a cámara, frente a los que defienden la verdad, cuando “la verdad es el fin del mundo”. Estados Unidos dio 50 millones a Gaza para preservativos, Ucrania empezó la guerra, los empleados discapacitados provocaron un accidente aéreo. Todo mentira. Trump lleva tantas mentiras como decretos en un mes.
La pregunta es abismal: ¿quién nos salva cuando la mentira la encabeza quien gobierna un país? Hay dos noticiarios cíclicos, analiza Marina Garcés, el día de la lotería y el primer día de clase, y ambos nos dicen que “nuestra suerte o desgracia está en algo que va más allá de nosotros”. Ya no son dos, son 365 los informativos donde, cuando hablan de los votantes, casi dan ganas de decir, “que se jodan”, como si fueran otros.
Tres años después, los ucranianos tienen que pelear además con la avaricia de Trump. La paz vale la mitad de sus minas, gas, y recursos. Lessenich deja claras dos evidencias: la riqueza siempre es a costa de otros. Un sistema que está mantenido por un “no querer saber”. Juan Mayorga reúne en su obra de teatro “Siete hombres buenos” a un gobierno legítimo huido de un país que lleva 30 años en manos de un tirano. Un consejo de gobierno que lo que dirime es quién ha traicionado a quién.
Traicionarnos sería no hacer nada. ¿Qué podemos hacer? Volvamos al inicio: ¿Qué hacer si la mentira la cuenta el más poderoso? Lo mínimo sería no creernos todo lo que nos dicen. No ser idiotas. No justificarnos con las mentiras de otros. Hay una imagen muy potente: frente a esa foto solitaria del presidente en el despacho oval, ahora le rodea la prensa, detrás de él Musk, en actitud de ventrílocuo. Cuando John Kelly, su antiguo jefe de gabinete, corregía a Trump con “pero no es verdad”, él le decía “pero suena bien”.