• Hemeroteca: El cuartel de la Guardia Civil de Teruel cumple 25 añosPortada que dedicó el Diario de Teruel a la inauguración de la nueva Casa Cuartel de la Fuenfresca el 25 septiembre de 1992, hace veinticinco años

    Hemeroteca: El cuartel de la Guardia Civil de Teruel cumple 25 años

    Elisa Alegre Saura

    Teruel

    Tras casi dos años de obras, la nueva casa cuartel de la Guardia Civil en Teruel estaba lista un mes de septiembre de 1992, como una pequeña ciudad neo-clásica como la bautizaba este periódico, aunque en realidad su estilo quería imitar al mudéjar aragonés. Un complejo urbanístico de vanguardia, pensado para garantizar la seguridad de las 127 familias que iban a ocuparlo y dar el servicio a los ciudadanos en un lugar cuya funcionalidad no estaba reñida con la belleza arquitectónica. Nada que ver con la sede de la que venían entonces los agentes, en el edificio de Carmelitas, actual sede del Gobierno de Aragón en la calle San Francisco de la capital. El cambio en la vida de los agentes fue sustancial pero también lo fue para la ciudad, porque el nuevo acuartelamiento llevó a medio millar de personas a esta zona de la capital e impulsó de este modo su desarrollo en forma de comercios y nuevas edificaciones.

    El nuevo cuartel, tal y como relataba el periódico del 26 de septiembre de 1992, era una pequeña ciudad porque tenía un concepto integral de edificaciones, oficinas y servicios concebidos de esa manera. Está pensado, continuaba la crónica firmada por el periodista Javier Atienza, para ayudar a la convivencia entre la ciudad y el cuartel, de ahí que, por ejemplo, la valla sea de tal modo que, a cierta distancia “desaparece” visualmente para confundirse con el césped y el paisaje exterior.

    El complejo se dividía en dos áreas más o menos diferenciadas: una formada por los pabellones de viviendas y amplias zonas verdes, y la otra de la Comandancia y sus servicios.

    En aquel reportaje hablaba de la obra el arquitecto, Alberto Laviñeta, y sobre él escribía el periodista: A la hora de afrontar este reto, probablemente el más importante de su vida, como reconoce Alberto Laviñeta, tuvo que conjugar tres elementos. Primero tenía que cumplir el encargo de la Institución, ajustando necesidades y presupuesto, después había que tener en cuenta su funcionalidad y mantenimiento, de ahí que esté pensado en muchos aspectos para que no tenga grandes costos en este último apartado; y por último tenía que estar integrado dentro de, no sólo una ciudad, sino del estilo de toda la provincia.

    Y ese estilo lo daba la imitación del mudéjar, al menos en el exterior, algo que no es fruto del azar, como destacaba la crónica. Laviñeta ha dedicado meses de trabajo para conocer este arte, así como para estudiar la indiosincrasia de las construcciones turolenses, lo que ha hecho posible algo más que una edificación de apariencia mudéjar. Es una construcción sólida, sobria y elegante, que es el reflejo puro del estilo constructivo de toda la provincia, desde Teruel hasta el Maestrazgo y desde Gúdar hasta Albarracín.

    Cifras de vértigo

    El coste de construcción del complejo superó los 2.000 millones de pesetas, y las obras se alargaron durante 40 meses, aunque la entrega oficial que se hizo aquel mes de septiembre suponía tres meses de adelanto sobre la fecha prevista, según destacaba el periódico.

    También destacaban cifras como los siete millones de ladrillos cara vista que hicieron falta para su construcción, o los 200.000 m3 de tierra que hubo que mover hasta los 55.000 metros cuadrados que ocupa el acuartelamiento, 20.000 de ellos zonas verdes lo cual está muy lejos del concepto tradicional de Casa-Cuartel, destacaba la crónica.

    De la edificación destacaba el texto las garitas de vigilancia que habían sido construidas con ese toque mudéjar y también el edificio de la Comandancia, destinado a prestar los servicios de cara al público, además de despachos y otros espacios comunes como capilla, sala de juntas, cocina, comedor o bares.

    Especialmente destaca por dos impresionantes techumbres inspiradas en el mudéjar, una escalera en forma de elipse, que desafía el vacío, y cuya construcción ofreció muchos problemas e incertidumbres, y una vidriera, en combinación con una fuente que se encuentra a su espalda, que produce un gran efecto de luminosidad.

    Un complejo amplio que ayudó a desarrollar el barrio

    Los agentes que estrenaron el complejo, dejando atrás las dependencias que habían sido su casa hasta entonces en la calle San Francisco notaron inevitablemente un gran cambio. El primero la luz, como recuerda Manuel Navarro, y después todo lo que supone estrenar unas dependencias, que además habían sido pensadas específicamente para garantizar la calidad de vida y la seguridad. Recuerda de aquellos tiempos la entrada de muebles, la necesidad de organizar los espacios y hacerse a unas distancias que en la actualidad hacen que más de un recién llegado a visitante se despiste y acabe por perderse.

    De aquellos primeros años en el cuartel nuevo destaca que podían disfrutar de unas “instalaciones inmejorables” pero también que el cuartel estaba mal conectado con la ciudad y, especialmente cuando los hijos llegaron a la adolescencia, les preocupaba que tenían que caminar por zonas oscuras por la noche para llegar a casa. Ahora es difícil recordar que alrededor del complejo solo había tierra, apenas un puñado de edificaciones y algo más alejadas, pero el cuartel impulsó la vida en el barrio, donde comenzaron a desarrollarse promociones de viviendas a través de cooperativas, se construyó la iglesia de la Esperanza y el primer gran supermercado. De hecho, el complejo tenía un espacio preparado para instalar un mercado que finalmente no fue necesario.

    Espacio de acceso limitado pero abierto a la ciudad

    Además de los ciudadanos que acude a hacer trámites a la comandancia, muchos turolenses han pasado por las instalaciones del cuartel para hacer uso de algunas de las instalaciones. La más habitual es la de los padres que acuden a llevar a sus hijos a los cursos de natación que se organizan en la piscina del complejo, especialmente importante teniendo en cuenta el tiempo que la piscina climatizada municipal cerró y era así la única instalación de la ciudad. Pero también se han cedido en ocasiones los espacios deportivos a clubes de fútbol y baloncesto de la ciudad, y colaboran cediendo instalaciones en algunos ciclos formativos. A ello se suman las jornadas de divulgación que realizan con los colegios para acercar la labor de la Guardia Civil a los más pequeños. “Aun siendo un sitio cerrado, siempre ha estado abierto para usos sociales de la ciudad” destaca Navarro, algo en lo que incide Pepe Romero, otro de los agentes veteranos que llegó al acuartelamiento también en los inicios.

    Así era el antiguo cuartel en el centro de la ciudad

    “El edificio de Carmelitas tenía el encanto del edificio viejo, de los recuerdos de cuando eres niño” evoca Manuel Navarro casi un cuarto de siglo después de aquel traslado. Hijo, nieto y sobrino de guardia civil, su infancia la pasó en el antiguo edificio de Carmelitas, jugando en los jardines de la Escalinata. Tiene por ello un grato recuerdo de aquella época, aunque los tiempos hayan cambiado afortunadamente y los agentes, por ejemplo, no se vean obligados a vestir pesados y calurosos trajes oficiales en días estivales o estar obligados a renunciar al vaquero, por citar pequeños detalles.

    En el cuartel del Centro ni siquiera cabían todas las unidades de la Guardia Civil en Teruel y, por ejemplo, el subsector de Tráfico ocupaba otras instalaciones.

    Tampoco las viviendas eran las adecuadas, porque eran pequeñas e insertas un edificio viejo así que en el cambio a las nuevas instalaciones fue una de las cuestiones que más apreciaron.

    Lo que sí se mantuvo en los dos cuarteles y sigue hoy es el convencimiento de que hay que estar alerta y no bajar la guardia en cuestiones de seguridad. Aunque para algunos quede lejos en el recuerdo, en aquellos primeros años noventa los guardias civiles eran un objetivo de la banda terrorista ETA y los cuarteles un blanco. “Había preocupación claro, pero también la hay ahora” explica Navarro, porque en la calle San Francisco podía ser más fácil poner un coche en la puerta que explotara, pero también había quien pensaba que el cuartel llamaba la atención, y a pesar de las medidas de seguridad, la inquietud entre los guardias y sus familias, y también los pocos vecinos del barrio, era más que comprensible.

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