• Buscan en una fosa de Villastar los restos de cinco civiles fusilados en el 36Daniel Tomás se turnaba con alumnos y profesores para picar en las catas

    Buscan en una fosa de Villastar los restos de cinco civiles fusilados en el 36

    Daniel Jarque cava enérgicamente, con todo el brío que puede. Lleva años esperando el momento de buscar a su abuelo, al que no conoció porque murió cuando su madre, Marina, tenía solo ocho años, pero que ha formado parte de toda su vida. Ahora, gracias a la Asociación Pozos de Caudé y a la ayuda de los voluntarios que participan en el curso de Arqueología y Antropología Forense organizado por la Escuela de Medicina Legal y Forense de la Universidad Complutense de Madrid, los restos saldrán a la luz. O al menos eso creen, porque están cavando en la zona de la Cañandonera, el paraje al que llevaba a Daniel su tío, el hermano de su madre, para recordarle: “Si a nosotros nos pasa algo, no olvides nunca que están aquí”.
    Daniel Jarque tiene esas palabras de su tío marcadas a fuego en la memoria y una deuda pendiente con su madre, cuyas cenizas están enterradas, por deseo de ella, a escasos diez metros de donde se supone que está la fosa común en la que fue sepultado su padre tras ser fusilado. Se lo llevaron, junto a otros cuatro civiles, el 28 de agosto de 1936 y, tras estar cuatro días en una cárcel del pueblo al que acudieron sus mujeres e hijos a verlos, su familia no supo más de ellos.
    Mientras ayer Daniel Jarque perforaba con el pico la tierra seca, le venían a la cabeza los cientos de momentos en el que su abuelo, cuyos huesos esperaba que salieran en cualquier momento, estuvo presente en su vida sin estarlo. Eso sí, en casa, porque en el pueblo “era todo silencio”. Su abuelo era sindicalista y su abuela “una roja de cuidado” –dice él ahora que ya no hay miedo– que mandaba callar a sus hijos y nietos con el primer toque de misa y no les dejaba hacer ruido hasta que no terminaba, para que nadie supiera que estaban dentro de casa, situada a apenas unos metros de la iglesia.
    En el pueblo, la viuda de Apolinar Tomás era muy querida y los vecinos le ayudaban con huevos y leche para que pudiera sacar adelante a sus dos hijos, pero siempre lo hacían a escondidas por miedo a ser señalados. Y eso que habían pasado 30 años de la guerra, puesto que la mujer se vio obligada a marcharse del pueblo, donde quedaron los que denunciaron a su marido, todos de Villastar de toda la vida.
    Apolinar Tomás, Antonio Mateo, Lorenzo Maicas, Roque Atienza y Santiago Atienza no eran soldados y fueron asesinados un mes y medio después de que se iniciara el conflicto, en la denominada represión en caliente. Sus familias nunca los han olvidado, pero ahora quieren sacarlos del silencio y enterrarlos con dignidad en el cementerio de Villastar, donde el Ayuntamiento cederá un espacio.
    Si se localizan sus restos será posible inhumarlos juntos siempre que los familiares estén de acuerdo. Las pruebas de ADN son muy costosas –unos 600 euros– y no hay ayudas públicas para su realización, según explicó Paco Sánchez, que forma parte de la Asociación Pozos de Caudé, impulsora en la provincia de Teruel de las exhumaciones de represaliados por el franquismo. “Si no se entierran todos juntos en el cementerio habría que dejarlos en depósito en el Gobierno de Aragón hasta que hubiera fondos”, dijo, para añadir que es una solución que alarga aún más el sufrimiento de las familias.
    El curso que el pasado lunes comenzó a excavar en el paraje de la Cañandonera de Villastar arrancó hace diez días en la provincia de Castellón, donde los doce alumnos estuvieron excavando tres fosas del Frente de Levante en las localidades de Bejís y El Toro en las que localizaron a cinco soldados.
    Esa excavación poco tiene que ver con la que ahora desarrollan en Villastar, donde los fusilados eran civiles. “En el Frente de Levante es más fácil encontrar restos”, dice Miguel Mezquida, el arqueólogo que dirige el curso, porque las muertes tuvieron lugar durante el conflicto, algunos de los cuerpos apenas se cubrieron y en ocasiones los huesos afloran a la superficie. En el caso de Villastar los cinco sindicalistas fueron fusilados de forma premeditada, tras varios días encarcelados. Los trasladaron en un camión hasta el lugar donde hoy los buscan voluntarios y familiares y, tras cruzar el río Turia por una pasarela de madera ahora desaparecida, los mataron y enterraron.
    Mezquida indica que es la primera vez que en el curso, que este año celebra su cuarta edición, se trabaja una fosa alejada del frente en la que, además, están los familiares de los ejecutados ayudándoles. El trabajo de campo de la mañana se refuerza con clases teóricas por las tardes que se desarrollan en Villel, donde duermen alumnos y profesores.
    Yaiza Alonso, de Menorca, que es estudiante de arqueología y una de las alumnas, comenta que esta cercanía con la familia unidad a la proximidad cronológica de los muertos supone una gran “carga emocional” que no sintió en otras campañas en las que ha excavado yacimientos romanos o de la Edad Media.
    Para el malagueño Alejandro Peña, doctorando en Filosofía, la experiencia está siendo muy enriquecedora. Prepara su tesis sobre antropotanatología filosófica y su participación en el curso le está sirviendo, por un lado, para involucrarse más con la historia y, por otro, para ganar experiencia de cara a su tesis. “Cuando estudio la muerte no tengo un individuo en el que depositar ese conocimiento, aquí no hay uno, sino miles”, precisa refiriéndose a las víctimas de la represión.
    La actividad formativa tiene, al igual que en otras ocasiones, un carácter internacional y cuenta con la presencia de dos estudiantes extranjeras. La italiana Nicole Lambacher es antropóloga y, hasta ahora, no había tenido ningún acercamiento con la guerra civil española, pero reconoce que participar en el curso le va a ayudar a completar su formación. “Hasta ahora no había estudiado cómo se excava ni cuál es el proceso previo a la llegada de los restos al laboratorio”, dice.
    Los fusilados en Villastar aún siguen bajo tierra, pero todos confían en que pronto sus restos salgan a la luz y, con ellos, las familias logren un descanso que llevan décadas persiguiendo. El tiempo juega en su contra porque el curso culminará el viernes. Por eso, está previsto reforzar la extracción manual de tierra con la ayuda de una pequeña pala.
    Daniel Jarque se irá hoy a Valencia porque tiene que cuidar de sus nietos, pero lo hará con el pensamiento en Villastar y confiando en que la excavación dé sus frutos y poder así enterrar a su abuelo. “Lo llevaremos al cementerio y trasladaré también allí las cenizas de mi madre para que estén juntos. Por lo menos que descansen en paz”, sentencia.

    Comparte esta noticia