• BOLLIGANDO

    Por Mari Cruz Aguilar

    La playa en verano

    No me gusta ir a la playa. Bueno, preciso, no me gusta ir a la playa en verano. Sí, igual soy un poco rarica, pero es lo que hay. Eso sí, cuando voy a la playa no suele hacerme falta llevarme un libro, me entretiene mucho mirar a mi alrededor y observar a la gente.  No tomo notas, como planteaba Elifio Feliz de Vargas en su relato de esta semana, simplemente me fijo y me compongo mis historias sobre los personajes que veo, que seguramente nunca tienen nada que ver con la realidad. Para hacer eso en la playa se presta más el verano, porque cuando no hace tiempo de bañarse solo hay tres o cuatro jubilados, a los que no se les suele oír porque están plácidamente leyendo o tomando el sol, y alguna familia como la mía, pocas, que piensa que la playa es algo más que sombrillas, aglomeraciones  y crema solar.

    La primera línea siempre está reservada a los padres con niños y a los grupos de jubilados que madrugan para pillar el mejor sitio y se tumban en la hamaca, de forma que el dedo gordo del pie les toca casi el agua. En primerísima primera línea, para que nadie se les ponga delante. Y ojo no oses a hacerlo, que la protagonista de Kill Bill se puede convertir en una hermanita de la caridad a su lado.

    En segunda línea están los que tienen niños pero son dormilones. También las parejas y grupos de amigos de avanzada edad que van a la playa como a la Fuente Cerrada, con grandes neveras llenas de tortillas, cervezas, sangría y todo lo necesario para pasar una jornada al aire libre.

    Los más alejados son sin duda los jóvenes, que buscan cierta intimidad en playas en las que la arena no quema porque no se ve. La mayor parte de ellos ni hablan, o si lo hacen es a través del móvil, que no sueltan de las manos salvo para refrescarse, algo que tampoco realizan a menudo. Creo que no lo hacen porque hay pocos móviles acuáticos. Eso sí, cuando se meten al agua lucen esas cámaras acuáticas que les permiten hacen las piruetas más llamativas en remojo para plasmarlas para siempre. La pena es que para colgarlas en redes y lucir tipazo en Instagram es necesario llegar a casa.

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