• Una milla en mis zapatosIker Mateo Monterde (Teruel 1984). ILUSTRADOR. Licenciado en Bellas Artes. Ha trabajado en el sector del desarrollo de videojuegos como diseñador visual, animador y colorista. Actualmente se dedica a la ilustración como freelance.

    Una milla en mis zapatos

    Por Santiago Gascón*

    Dicen que el enamoramiento dura dos años, pero que las consecuencias de un divorcio sobre la salud pueden ser más prolongadas. Que Rick me permita visitar a una paciente -él la llama “sujeto”-, se debe a que Susy no aparece y el estudio ha de cerrarse ya. Soy su única posibilidad de acceder a Cleofé Morales y pienso que, tras dos semanas rellenando formularios en el Medical School, merezco una oportunidad.

    Una de las líneas de investigación que dirige Rick – Doctor O´Neill sobre el papel-, es el estudio de la vulnerabilidad patológica tras una ruptura en mujeres con riesgo de exclusión. Sin haber evaluado a las más de dos mil participantes, podría avanzar los resultados. Pero la muestra debe ser comparada con gringas y latinas, ricas y pobres.

    La secretaria me informa de que debo tomar el metro hasta Forest Hills y un bus a Norwood, donde suplicar que algún taxista me acerque al lugar indicado. Encontrar divorciadas en situación de pobreza no es tan sencillo, ninguna vive en el área metropolitana y debemos rastrear, gracias a los datos del juzgado en zonas periféricas. Atravieso barriadas, campos de beisbol y todas las colonias que América Latina tiene desperdigadas por el estado de Massachusetts.

    Mark Twain afirmaba que si en New York calculan cuánto vales, en Boston se preguntan cuánto sabes. Eso ya no es cierto, dos paradas más abajo de mi centro, la gente lleva los pantalones por debajo del culo y desprecian lo que huela a academia. Las universidades han disparado los alquileres y los estudiantes son considerados no gratos. Me he acostumbrado a guardar mi traje en la mochila al salir, a caminar aparentando no tener ni media neurona. La estrategia no me lleva esfuerzo.

    El griego del restaurante me hace un mapa. Me asegura que ningún taxi va a cruzar el riachuelo. No comprendo por qué usa un diminutivo para referirse a un río sin puente. Me despojo del traje. Lo pliego sobre mi cabeza y cruzo con el agua mojando mi cintura. Me visto antes de ser denunciado por escándalo y busco cuál puede ser la casa de Cleofé.

    Unos críos me indican la chabola dónde vive. No hay timbre y pregono su nombre tres veces. A Cleofé Morales solo le falta un rifle cuando pregunta por quién la reclama. Le explico que vengo del hospital y preciso hacerle una entrevista, que su esfuerzo tendrá una compensación de veinte dólares. Me hace pasar y compruebo que la casa es un cuarto en el que se mezclan cocina, dormitorio y sala. Me sorprende ver su foto de boda presidiendo el desorden.

    ̶̶  Siéntese, me dice, a la vez que repite que no, que ella no ha recibido notificación alguna. Durante media hora piensa que soy de los servicios sociales. Declama, histriónica que no lo ha tenido fácil, que hasta allá no llega el cartero ni dios bendito, pero que me ponga cómodo, que a ella siempre le gustó la chorcha.

    Del interior del frigorífico se adivina una naranja cubierta de moho. Le acepto un vaso de agua, mientras le explico los pormenores del estudio. Soy consciente de que ni me escucha porque sigue despotricando contra su esposo que, asegura, se va a cagar en el belén completo, que ya se lo advirtió su abuela, y que ojalá le hubiera mordido un alacrán antes de darle el sí al Melquiades.

    Leo en voz alta preguntas sobre salud, síntomas y otras cuestiones. Cleo – me ha pedido tres veces que la llame así – contesta lo que le viene en gana, no se limita a un sí o a un no, ni a una escala que vaya de todo a nada.

    ̶   Ah, sí, mire, me agarra cada tanto un dolor acá, toque ¿no ve? que me paraliza entera.

    Me cuesta el triple de lo normal finalizar los cuestionarios y, llegados al final, paso al protocolo de comprobar si ya superó el duelo del divorcio.

    ̶ ¿Pero qué divorcio? Pues ya nomás me faltaba.

    Le explico que su ruptura se hizo oficial hará dos años, le muestro las fotocopias que el juzgado envió al hospital – jamás justificaría tal falta de confidencialidad -, y me las arranca de las manos. Al comprobar que las mira boca abajo, confirmo que no sabe leer.

    ̶ Lo supe nomás verte, sabía que venías en nombre del Melquiades, pero dile que no voy a darle el divorcio hasta que no venga a suplicarme.

    Me resulta difícil explicarle que ella y Melquiades ya no tienen nada que ver, que el documento está fechado ante la corte en 2014.

    ̶ ¿El dieciséis de diciembre? ¿Pero si desapareció el doce? El día de la Virgen de Guadalupe. Creí que se había ido a tomar y no me preocupé por su ausencia hasta el día siguiente. Lo que habré rezado para que nada malo le ocurriera.

    Está tan enojada que me retira el vaso de agua.

    ̶ Ya llevaba en la sesera cuando marchó que iba a separarse el cabrón ¿Y usted es su abogado?

    Trato de explicarle que no soy letrado, le hablo del estudio, de las relaciones entres los fracasos y la enfermedad. Le hablo sabiendo que no escucha.

    ̶ Hijoeputa, y yo acá aguardándole entre latones y mierda. ¿Y para qué pide el divorcio? ¿Ha encontrado a otra a la que chingar?

    Una vez más le explico que ni conozco a su esposo ni creo que reclame nada, que la anulación se efectuó en el estado de Texas, y por eso la corte nos facilita el documento, para que el hospital evalúe su salud. Cleo se derrumba sobre la silla, se queda sin palabras por un minuto y su gesto expresa la más absoluta incredulidad.

    ̶ ¿Hospital? ¿Qué hospital? Jamás tuve plata para acudir a uno. Pueden andarse a donde yo me sé los abogados y los médicos y todos los de uniforme. Pero, ay, no me abandone… tómese lo que quiera. Preciso alguien con quien platicar. Trate de caminar solo media milla en mis zapatos y sabrá. El cartero no cruza el riachuelo ¿cómo voy a enterarme de lo que hacen con mi vida?  Soy yo quien acude a la oficina para cobrar el cheque del Estado. Hay meses que ni voy, no me educaron para pedir limosna.

    No sé qué hacer en tal situación y saco la tarjeta de veinte dólares.

    ̶ Pero esto no es dinero – gime -, es plástico que nomás vale para gringos. Ah, no. No puedo gastarlo en el centro comercial, los guardias me miran como si fuera a robar y si les entrego esto me piden documentación. No voy a arriesgar mi posición por veinte dólares.

    Rasco en mi bolsillo y no encuentro más que quince dólares. Se los doy. Ella se seca los mocos en el delantal.

    ̶ Hijoeputa, ni quince dólares me gané con él. Dos años sola y guardándole la honra. Ya perdonará, le estoy empapando un terno de marca. Quíteselo y se lo plancho.

    Le explico que lo compré en rebajas. Que tendrá firma, pero está hecho en Vietnam y que me siento culpable de llevar ropa barata gracias a la explotación infantil.

    ̶ ¡Ah no! –  dice – Esto no lo cosen niños, sino las presas, que lo he visto en un reportaje. ¿Sabe? A Mí me gustaría esa vida, tener un techo, una tarea y tres comidas diarias.

    El traje me pesa como si fuera de plomo cuando vuelvo a cruzar el río. Oscurece mientras el bus me devuelve a la ciudad. Hasta el lunes no entregaré la vida de Cleofé Morales al estadístico para que incluya sus datos en el estudio que publica esa revista de Washington.

    * Santiago Gascón (Zaragoza, 1961) Profesor de la Universidad de Zaragoza en el Campus de Teruel. Escritor y guionista, ha publicado el libro de relatos Manila (Xordica, 2003) y las novelas Agnus Dei (Institución Fernando el Católico, 2000) y Una familia normal (Xordica, 2013).

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