• Un violín sin estucheIker Mateo Monterde (Teruel 1984). ILUSTRADOR. Licenciado en Bellas Artes. Ha trabajado en el sector del desarrollo de videojuegos como diseñador visual, animador y colorista. Actualmente se dedica a la ilustración como freelance.

    Un violín sin estuche

    Por Víctor Villanueva Blasco*

    Todas las puertas están cerradas. Tenues luces iluminan como luciérnagas a través de ventanas cuyos postigos están ligeramente abiertos. Tras una de ellas un anciano apoyado sobre su bastón contempla la lumbre. A su lado, una joven echa unas ramas a la chimenea y seguidamente se acerca a los pequeños que están tumbados en la cama del fondo, en una gélida penumbra apenas caldeada. Uno de los pequeños, el niño, duerme. La otra, con tristeza mira a su madre, temblándole el labio inferior y con una lágrima que se resiste a salir por miedo a perderse en la oscuridad de su blanca piel.
    Joven: Duerme hija.
    Niña: Tengo hambre mamá. Me duele mucho la tripa.
    Joven: Duerme hija, duerme. El sueño adormece el hambre.
    Niña: Mamá, me duele…
    Joven: Duerme hija, duerme…
    La joven se da la vuelta mientras unas lágrimas contenidas hasta ese momento le caen por las mejillas.
    Abuela: Qué pena… ay, qué pena…
    Joven: Madre…
    Abuela: Ay, hija mía… qué desgracia, qué desgracia.
    La joven coge un tazón de la farsa de la chimenea, se acerca a la olla y lo llena de caldo.
    Joven: Coma algo madre. Está caliente. Aunque no reconforte las penas, bien engañará un tiempo al estómago.
    Abuela: Ay hija… qué pena más grande… qué pena más grande…
    La abuela levanta la mirada cuyos ojos parecen marcados de tizón y surcos de nieve y le pregunta a su hija.
    Abuela: ¿Y los pequeños?
    Joven: Están bien madre… están bien.
    Abuela: No mientas hija… ellos tienen tanta hambre como nosotros. O más, que necesitan estirar los huesos.
    Abuelo: ¡Malditos bastardos!
    La joven mira al abuelo entre inquisidora y comprensiva.
    Joven: ¡Abuelo!
    Abuelo: ¡Malditos bastardos! – repite de nuevo, con voz ligeramente más baja pero claramente audible.
    Abuela: Deja al abuelo hija… tiene razón. Bien sabe él. ¡Ay, que si alguien oyese mis plegarias, hija! Pero ni ese va a ayudarnos.
    Abuelo: Ellos, de buche lleno… y mis nietos… ¡Malditos bastardos!
    El abuelo se echa las manos a la cara, la hunde en ellas como si fuesen arcilla y anduviera haciendo un molde de su tristeza rabiosa o de su rabia entristecida. Quién sabe.
    Joven: ¡Abuelo! No se duela más, que bastante tenemos como para verle a usted así. No se duela más que hace que madre no pare…Mírela. Mírela.
    En ese momento salen de la habitación contigua dos hombres. Uno es el esposo de la joven y el otro un cuñado. Ambos se reúnen con la joven en una esquina, la más alejada, fría y lúgubre de la estancia. Algo cuchichean allí. La joven tiembla, se tambalea, y entre el esposo y el cuñado la sujetan para evitar su caída. Ella se derrumba sobre el pecho de su esposo. Este la abraza durante unos segundos y después la aparta delicadamente dejándola que continúe su vacío sobre el pecho del cuñado. Seguidamente abre un vetusto armario, saca un violín envuelto en paños, sin estuche. Se sienta junto a la mesa y comienza a afinarlo. Al finalizar, expresa:
    Esposo: Es la hora. Vamos.
    Joven: ¿Ya?
    Esposo: Sí, ahora es cuando no nos verán.
    El abuelo echa mano a una soga que hay en la viga de madera, y de su faja saca una navaja. El filo de la navaja se ilumina reflejado por el fuego. Estira la soga todo lo que le dan los brazos, una, dos veces, y corta la soga por el final de la segunda medida.
    Abuelo: Vamos hija, haznos sitio. A esta hora están ya a retiro, y más con la noche ventosa que hace. No han de vernos, ni nosotros hemos de tentar al diablo que madruga.
    La joven lo mira, contiene durante un momento el llanto y ahora se abalanza a los brazos de su padre.
    Abuela: Ay qué penica… qué penica más grande… ay… esto no es lo que debiera ser la vida… no es así.
    El abuelo abraza también a su mujer, estrecha entre sus brazos a ambas, y con los ojos vidriosos, contenidos, palpitantes por la rabia, dice:
    Abuelo: El hambre es cosa de pobres. Y la desdicha gusta de sentarse a comer en la mesa de los pobres más que en la de los ricos. Nosotros, que somos de pan escaso, compartimos  lo único y más preciado que tenemos con la hambrienta muerte. Pero no por gusto, sino porque la vida también es sirvienta de los caprichos de los caprichosos. Son cosas de quienes mandan. Son ellos que pueden ordenar las injusticias… y también evitarlas. A nosotros no nos queda más que la esperanza, aunque hoy no hija… hoy no tenemos ni eso.
    Joven: ¡Padre! Ay padrecico mío… también usted sufre aunque se haga de piedra los ojos y el rostro… usted… nosotros… ay padre… los niños, padre, los niños… el pequeño… ay padre…
    Cuñado: Hoy no han de cambiar las cosas. Ni tampoco mañana, pero quién sabe de aquí a un tiempo. Allá estamos empezando a organizarnos, que de tanta miseria sólo podemos compartir la rabia y la esperanza, y ambas se juntan y confunden. Que no sé yo lo que saldrá, que ni bueno ni malo, ni para unos ni para otros. Pero algo habrá de salir, que del vacío y la miseria es lo único que puede.
    La joven se echa de nuevo a llorar y se abalanza sobre su esposo. La niña, que parecía que se había dormido, se incorpora de la cama y sentada mientras se frota los ojos dice:
    Niña: ¡Mamá! ¿Por qué lloras, mamá?
    La joven se separa de su esposo, y aun llorando se acerca a la cama, acaricia el cabello de su hija y la recuesta.
    Joven: Tranquila mi niña. Mamá llora porque también a ella le duele la tripa.
    Niña: ¿También tú tienes hambre, mamá?
    Joven: No es sólo hambre, hija. Es un nudo.
    Niña: ¿Un nudo, mamá? ¿En las tripas? ¿Y cuando haya de comer se te quedará ahí para siempre y ya no tendrás hambre?
    Joven: No mi niña, no. Seguiré teniendo hambre.
    Niña: Si hay poquito para comer, mamá, yo te daré mi parte.
    La joven contiene el llanto, se reclina y abraza con fuerza a su hija diciéndole al oído:
    Joven: Tranquila mi niña. Mañana comeremos juntas, y tú me darás tu parte, y yo te daré la mía, ¿vale mi niña?
    Niña: Vale mamá. Yo te daré mi parte y tú me darás la tuya.
    La niña muestra una pequeña sonrisa y besa a su madre en la mejilla, donde todavía tiene una lágrima que se queda en los labios de la pequeña. La madre la mira, le acaricia los labios con su dedo. Le da un beso en la frente y frunce el ceño, se incorpora un poco y mientras la niña ya cierra los ojos, la joven le pone la mano en la frente y queda así un rato, ladeando la cabeza. Al momento se levanta y le dice a su esposo:
    Joven: Me pareció que tiene fiebre. Me pareció, pero estoy tan cansada. Anda a ver tú si tiene calentura, y dime que no, que son imaginaciones mías. No podría soportar perderla.
    El esposo, padre de la niña, se acerca a esta, le susurra al oído:
    Esposo: Buenas noches mi niña. Duerme bien.
    A continuación le da un beso prolongado en la frente, acaricia su cara, sus párpados, retira su pelo hacia atrás, y finalmente deja su mano en la frente de la pequeña. Mira a su mujer y niega con la cabeza. Se incorpora y al acercarse le dice:
    Esposo: Creo que no, debe ser cosa del cansancio que te lo pareció. Pero esperemos a mañana. Estaré atento.
    Joven: No lo soportaría… no… no puedo…
    Esposo: Tranquila. No noté nada. Ahora es fácil pensar lo peor. Cuidaremos de ella. Y de ti, y de mí, del niño. Juntos…
    El esposo coge su violín, lo acaricia con ternura y comienza a tocar una melodía que se asemeja a una dulce nana. Todos en la habitación guardan silencio. Recuerdan como hará unas diez semanas atrás que enterraron a su bebita de dos meses dentro del estuche del violín. Se fue sin llegar a saber lo que era la vida, que te duela el estómago por hambre, sin haber experimentado ni la tristeza, ni la rabia, ni la esperanza, ni casi tan siquiera el amor que emanaba en una casa de pobres. No había dinero para un ataúd, pero por dignidad no iba a ser un entierro sin caja. Aquel estuche de violín fue el cobijo de la carne fría y pálida de una bebé que las malas fiebres que acompañan a la injusticia decidieron cobrarse en pago por la hipoteca de la vida.
    Aquel violín estuvo sonando durante unos minutos. Después paró, y el esposo, el abuelo y el cuñado se pusieron los abrigos, calaron sus gorras hasta las orejas, y envolviendo su rostro en una pañoleta que hacía de bufanda, abrieron la puerta y salieron a la tempestuosa noche. Dentro, la abuela se quedó mirando el fuego. La joven se acostó junto a sus hijos, echándoles un brazo por encima de sus cuerpos para ofrecerles un poco más de calor, y se quedó dormida soñando que su pequeña bebé todavía se acurrucaba entre sus pechos.

    *Víctor Villanueva Blasco (Andorra, 1976) Lejos de reconocerse como poeta, le es suficiente con escribir y recitar, y seguir actuando como guerrillero cultural allá donde resida. Como activista cultural ha impulsado la creación de las asociaciones La Masadica Roya en Andorra, y La Mina Iluminada en Teruel, promoviendo los recitales poéticos en ambas localidades. Sus poemas se han publicado en diversos libros colectivos.

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