• La casa rojaIlustración realizada por Iker Mateo Monterde (Teruel 1984). ILUSTRADOR. Licenciado en Bellas Artes. Ha trabajado en el sector del desarrollo de videojuegos como diseñador visual, animador y colorista. Actualmente se dedica a la ilustración como freelance

    La casa roja

    Por Isabel Cortel*

    Entré en aquella celda fría, o más bien, me empujaron a su interior, un 7 de febrero de 1920. Lo primero que recuerdo es el intenso frío que abofeteó mi cara. Esos muros de piedra rezumaban humedad. Que la prisión de San Rafael estuviera en medio de un lago no hacía cálida la estancia, aunque, ¡qué demonios!, sí resultaba idílica la estampa. Ese invierno lo recuerdo por ser duro como pocos; los árboles que rodeaban el edificio, mi nuevo hogar, eran fantasmagóricas formas sin vida, ni color, ni nada… como mi vida a partir de ahora. Pasaron los días y no me acostumbré a mi nueva casa, mi nueva cama, mi nueva familia compuesta de ratas.

    Solo para animar mis momentos, una pequeña ventana me regalaba la luz del sol y de la luna, y me permitía mantener la cordura y saber cuándo y cómo pasaban los días. Nubes. Solo nubes durante semanas, ¡este maldito febrero!, nubes y niebla que nos hacían sentir la más absoluta soledad. Era como estar al final del mundo, detrás de la nada. Pero un día la claridad hizo que me asomara a mi ventana al mundo. – ¿Ves esa casa? Eran las primeras palabras que oía más allá del “número 47, tu comida” de los guardias. – ¡Eh!, el del al lado, ¿ves esa casa?- repitió mi vecino. – Sí, ¿aquella roja? – me aseguré – La única que hay. Allí vivo. Allí me espera Elisa… Soy Gabriel. Mi compañero al otro lado del muro llevaba diez años en el “hotel”. No sé por qué, no me lo contó. Solo decía que le quedaba muy poco para salir. “No puedo esperar más”, repetía. Imaginé a Gabriel algo mayor que yo, por su voz. Solo vi de él su antebrazo cuando señalaba cada mañana su casa y le daba los buenos días a Elisa. – Estaré aquí tres años – le dije. – Yo saldré unos meses después. – Tenemos tiempo entonces de conocernos – ¿Qué has hecho para estar aquí? – me preguntó. – Cogí lo que no era mío y a quien no debía, ¿y tú? – No lo recuerdo bien, pero le salvé la vida a ella – señalando la casita roja, envuelta en el azul del lago. Me contó Gabriel que conoció a Elisa cuando eran muy jóvenes. Trabajaban en la cosecha, recogiendo uva. Al principio no sintió por ella más que ternura, cuando Elisa se enredaba en las hierbas y tiraba de las cepas sin saber cortar el racimo. Le enseñó a hacerlo y ella lo besó en la mejilla. Ya no se separaron. Llegó la primavera al lago y los árboles muertos que me dieron la bienvenida resultaron cerezos que impregnaban con su olor el ambiente, aunque solo si asomabas la nariz por el ventanuco. Elisa y Gabriel emprendieron camino. El camino de sus vidas, juntos. Me contaba aquella voz torturada que recordaba cada día el pelo de Elisa por las mañanas, enredado, despeinado, pero que dejaba ver su verdadera belleza, su inocencia y que enmarcaba aquella sonrisa, la que le daba a él la vida. Con el tiempo compraron una casita roja, a orillas del lago. Allí pasarían sus días. Entre sus planes, hijos, tierras, una buena huerta… un sueño, una esperanza que muchos ya quisieran. Y Gabriel lo tenía, eso me contaba. “Ya voy, Elisa”, era lo último que decía cada noche, desde su celda. Un año después de mi llegada, yo ya conocía a Elisa como si estuviera allí con nosotros. Mi ya nuevo amigo (lo siento, ratas), me describió su cara tantas veces que juraría haber visto su retrato. Me explicó que cantaba todo el día aunque no muy bien. Y que el sueño de Elisa era poder ir a un teatro, a ver a alguien que “cantara de verdad”, decía ella. “Ya voy, Elisa”. El primer hijo de Gabriel y de Elisa, Adrián, no tardó en llegar. Una alegría completa reinaba en la casita roja. No eran ricos, ni mucho menos. O quizá sí lo eran. Lo eran, porque no necesitaban nada más. – ¿Por qué no han venido a verte? – pregunté un día. – No pueden. Le prometí a Elisa que la próxima vez que nos veamos será porque yo soy libre, cuando compense lo que hice. – Pero lo que hiciste ya compensa, le salvaste la vida a Elisa, ¿no? – Tengo que compensar lo que hice – repitió -. Ya voy, Elisa. Dos años después de mi llegada una pulmonía me hizo más compañía de lo esperado. Casi no lo cuento. Pero Gabriel elevaba la voz para que desde mi camastro siguiera la vida de Elisa. “La ventana de arriba está abierta”, describía, “ya está levantada”. Veíamos a lo lejos la figura de aquella mujer, aquel ángel, acercarse al lago a por agua para lavar o para… lo que fuera, qué más da. “¡Qué ganas de sentir el agua, el sol, el aire!”, nos decíamos. El segundo bebé fue una niña: Sara. Morenita y risueña, “como Elisa”, pensé, teniendo clara la imagen pintada en mi mente con los trazos relatados por Gabriel. Poco estuvo él con su recién nacida, unos meses. Pero esperaba reunirse pronto con todos. “Ya voy, Elisa”. Mis días en la prisión acabaron. A través del muro me despedí de Gabriel, “hasta dentro de unos meses”. “Ven a vernos, búscanos”, me dijo. Prometí hacerlo, pero me demoré. La vida, imprevisible, o yo, que no cumplí. Regresé por aquella tierra veinte años después, dispuesto a disculparme y a visitar aquel amigo y compañero en la soledad. Paré en una posada cercana y en la mesa de al lado, un hombre, mayor que yo, hablaba de San Rafael: acababa de salir. Me atreví a unirme a la conversación y le hablé de Gabriel y de mi próxima visita a su familia. Atónico, aquel hombre me contó que entró con Gabriel a prisión hacía más de veinte años, pero que Gabriel nunca salió de allí. “Le quedaban unos meses”, aseguré. “Eso decía siempre”, aseveró el desconocido. “Gabriel y yo cometimos juntos el delito que nos llevó a prisión y la condena era la misma para ambos. Una noche, un robo fallido en una granja y un candil en el suelo convirtieron aquella casa en el infierno. El rojo lo envolvió todo. Salimos corriendo pero Gabriel volvió cuando escuchó los gritos. Al llegar, el padre de familia, Adrián, creo, sacaba a su esposa, Sara, ya sin vida. Lo hizo mientras gritaba sin cesar, “ya voy, Elisa”. Aquel hombre entró a por su hijita, y detrás de él, Gabriel. Adrián no salió. Gabriel dejó a la pequeña Elisa, viva, junto a su madre. Nos atraparon aquella madrugada”. Por eso me dijo que salvó la vida de Elisa – reflexioné. También aquella niña salvó a Gabriel. O al menos la ilusión de Elisa lo alejó durante un tiempo de la muerte y la desesperación, no de la locura. Murió hace unos meses. Ni siquiera se dio cuenta de los años, de sus canas, de su piel arrugada. Ni supo que la oscuridad se había comido sus ojos: él siguió viendo la casa roja, en la orilla del lago, y la cara de Elisa. Su última frase, con su último aliento fue su esperanza más grande: “Ya voy, Elisa”. Salí de aquella posada con lágrimas en los ojos y me encaminé a aquella casa roja. Desde lejos vi a la familia que la habitaba. De nuevo los cerezos en flor y, esta vez, San Rafael al otro lado de la orilla. Allí mismo dejé dos cruces, convencido de que bajo aquella tierra descansaban dos almas que existieron para alguien, que fueron esperanza un día. Y encima dos nombres: Gabriel y Elisa.

    *Isabel Cortel Espeleta (Teruel, 1980) Periodista. Ha desarrollado su carrera profesional en televisión, radio y prensa escrita, compaginándola con la publicación de libros y elaboración de guiones. Licenciada en Humanidades, la literatura siempre ha estado muy presente en su vida.

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