• Apuntes Postcatódicos

    Por Alberto Librado

    La última batalla de Juego de Tronos será contra nosotros

    Más de un año esperando y se nos va a pasar en un suspiro. Juego de Tronos avanza inexorablemente hacia su final anunciado con una corta penúltima temporada. Cada episodio que comienza, cuando suena su estupenda banda sonora, es un recordatorio de que toda historia tiene su final y que el de este relato estupendo ya está marcado. Y lo peor es que ya no soy capaz de ver el capítulo sin tamizarlo con esta verdad.
    Por eso las dos primeras entregas de esta séptima temporada me han parecido poca cosa. Porque como solo pienso en lo queda, no puedo evitar juzgar cada acción como una pieza de un puzzle que se cierra. Y como son las últimas piezas y ya veo completada la mayor parte de la imagen, la experiencia está perdiendo capacidad de sorpresa.
    El primer capítulo fue solo un recordatorio de como nos habíamos dejado el juego antes de volver a jugarlo. Empezó con la emoción fuerte que supone reencontrarte con el desafío, como pasa justo después de sentarme ante el tablero. Pero luego, una vez ordenadas las ideas, da la sensación de que lo poco que queda lo tienes dominado. Según iba pasando el capítulo sentía que las cosas se estaban alineando tal y como los fans pensábamos que se iban a alinear. Pequeña sorpresa aparte, todo discurría según el plan.
    Me fastidió. Porque la esencia de Juego de Tronos está en que nada se produce según un plan. Pero cuando las piezas están tan bien colocadas, y si sabemos cuántos van a ser los movimientos, ¿qué opciones de sorpresa tenemos?
    El segundo capítulo transcurría por los mismos términos. Cada personaje evolucionaba, en términos generales, según lo esperado. Parecía que los guionistas no habían logrado escapar de las cábalas que nos hacemos todos. Afortunadamente, llegó el final. Un buen golpe. Ahí está el Game of Thrones que queremos. Y volvió la esperanza por una recta final sorprendente, capaz de superar todo lo que esperamos.

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