• Una exposición fotográfica divulga  el “crimen” del pantano de Santolea

    Una exposición fotográfica divulga el “crimen” del pantano de Santolea

     

    “Aquello fue un crimen”, sentencian aún indignadas las hermanas Carmen y Natalia Ballestero mientras contemplan en la Biblioteca de Alcañiz la exposición Una mirada a Santolea que recoge fotografías que narran el final de este pueblo del Maestrazgo al que el Estado obligó a desaparecer para mayor prosperidad de Alcañiz y Caspe, aguas abajo del Guadalope. No conforme con inundar sus ricas tierras de regadío en dos tandas (1932 y 1958), en 1972 la Confederación Hidrográfica del Ebro (CHE) decidió reducir a escombros el casco urbano, iglesia con torre mudéjar incluida, para evitar el expolio.

    La exposición, que permanecerá hasta el 24 de junio en las plantas baja y primera de la biblioteca alcañizana, ha sido promovida por la Asociación Santolea Viva, que ha contado con el apoyo de la Comarca del Maestrazgo. Consta de 62 fotografías que abarcan el periodo histórico desde 1920 hasta la actualidad, aunque en el centro cultural alcañizano se expone alguna menos por cuestiones de espacio.

    Las instantáneas de esta muestra itinerante –está a disposición de asociaciones y ayuntamientos de Maestrazgo y del Bajo Aragón que la soliciten– reflejan varias imágenes del pasado de Santolea y de la vida actual de algunos de sus habitantes que hoy son vecinos de otros lugares. La inmensa mayoría de las fotografías es obra de Miguel Perdiguer, ilustre médico y gran aficionado a la fotografía –aún recuerda que su primera cámara le costó 12,90 pesetas– que, pese a haber hecho vida en Alcañiz, guarda intactos en su memoria los recuerdos de su infancia y juventud en Santolea, el pueblo hoy arrasado en el que nació un lejano 9 de agosto de 1918.

    Perdiguer forma parte del núcleo duro de los santoleanos, aquellos que cada año por Santa Engracia (16 de abril) se reúnen en torno a las ruinas para recordar sus orígenes. Porque “perder los orígenes es perder la identidad”, según popularizó el cantautor Raimon en una de sus más exitosas composiciones.

    De ello va la exposición, de “contar la historia de Santolea, un pueblo condenado a la destrucción desde que se programaron las obras del pantano que lleva su nombre”, explica la presidenta de Santolea Viva, Laura Berné, a quien 45 años después le sigue doliendo que la CHE redujera a ruinas el pueblo pese a que el pantano “nunca inundó las viviendas ni la iglesia”. Apenas quedaron en pie tres casas donde se quedaban los pastores a los que la CHE arrendó algunas tierras.
    La muestra es un “homenaje a las personas que tuvieron que abandonar sus casas y tierras, y que perdieron su patrimonio y raíces injustamente, ya que la construcción del embalse no tenía por qué llevar pareja la destrucción del pueblo”, insiste la presidenta.

    Según recuerda Perdiguer, Santolea era una cabecera de comarca a la que por aquel entonces se la conocía como La Concordia, “seguramente porque entre sus vecinos se llevaban bien; era un pueblo agrícola mejor que los otros porque tenía más huerta, pasaba el río por allí y el resto eran todos de secano”.

    “En 1877, Santolea contaba con 847 habitantes gracias a su situación geográfica y sus fértiles tierras regadas por multitud de acequias. La oliva y la almendra eran productos importantes, pero también lo fueron los de su huerta: hortalizas, legumbres, cáñamo, lino y moreras –de las que se recogía seda– que generaban empleo y daban vida a la ribera”, explica el historiador local José Aguilar –ha colaborado con los textos de la exposición– en sus Apuntes de Santolea.

    Santolea era un pueblo con servicios. Había médico, veterinario, escuelas, cartería, fondas, molinos de aceite y harinero o farmacia. El núcleo urbano ejercía una función aglutinadora para las masías y pequeños pueblos de alrededor.

    El río se volvió en contra

    Toda esta estructura económico-social se iba a tambalear a comienzos del siglo XX, concretamente en 1908, cuando se empezó a gestar la construcción de un pantano. El 13 de junio de 1919 dieron comienzo los trabajos preliminares y en septiembre de 1927 arrancaron oficialmente las obras de la presa, en las que, entre otros, participaron como jornaleros los propios vecinos a sabiendas de que su obra les acabaría echando del pueblo.

    En 1932, el Guadalope que hasta el momento suponía fuente de riqueza y progreso se convirtió paradójicamente en enemigo, anegando las mejores huertas de la localidad y condenando a emigrar a la población.

    Antes del llenado, la localidad contaba con más de 700 habitantes. La primera oleada de despoblación llegó enseguida con la marcha de 27 familias que tomaron dirección Alcañiz, Mas de las Matas o Zaragoza, pero también fueron hacia Francia o pueblos más cercanos como Cuevas de Cañart o Ladruñán, hoy pedanías de Castellote.

    Hacia 1958, con el recrecimiento del embalse, llegaría la segunda emigración masiva en su mayoría hacia los nuevos regadíos de Valmuel y Puigmoreno. “Nosotros fuimos a Puigmoreno, un pueblo de colonización. Nos dieron casa y una finca para trabajar”, explican las hermanas Ballestero, a las que la emigración les cogió con 11 años. “Nosotras éramos pequeñas y no nos acordamos, pero mis padres lo pasaron fatal. Su casa, sus recuerdos… Hubo tantas cosas que se quedaron allí…”.

    Otros marcharon a Barcelona, siguiendo la corriente de tantos miles de turolenses que fueron hacia el este a buscar un futuro mejor. Fue el caso de la familia de Pilar Ballestero. “Mi padre era el cartero de Santolea y en Barcelona tuvo que cambiar de oficio; se hizo librero”, indicó.
    Las indemnizaciones acabaron de cobrarse en 1967. Muchos de los vecinos tuvieron que volver al pueblo para percibir el dinero porque ya eran pocos los que resistían a su futuro inevitable. Según Aguilar, a una familia compuesta por un matrimonio y tres hijos que convivían con los padres de la mujer se les adjudicó unas 30.000 pesetas.

    “Los vecinos iniciaron una nueva vida, obligados a olvidar lo que había pasado puesto que la época en la que ocurrió todo eso no daba pie a ninguna protesta ni rebeldía, solo a la resignación”, explica Berné.

    “A los de la Posada los sacaron obligados, no se querían ir”, recordó Teresa Aguilar, que comparte la indignación de sus paisanos por la demolición de las casas en 1972, cuando ya no quedaba nadie. “Se podía haber quedado como un pueblo de veraneo, no tenían por qué haber tirado el pueblo”, dijo.

    “Tiraron las casas por los hippies”, aseguró Perdiguer. Una vez desalojado el pueblo, “se mató uno dentro de una casa que se caía y la CHE tuvo que pagar”. Al parecer, escarmentado, el organismo de cuenca demolió todos los edificios, incluida la iglesia construida en 1615. “Fue volada con siete cargas de dinamita”, asevera la presidenta.

    Ahora, del pueblo próspero que fue tan solo quedan esas tres casas y el calvario, considerado en tiempos el más bello de la provincia tras el de Alloza, y un cementerio abandonado que agoniza al borde de un precipicio artificial, creado por una cantera que amenaza y destroza lo poco que persiste de un núcleo de población arrasado.

    Piden sanear el cementerio y una “zona de reencuentro” en el calvario

    La exposición itinerante recoge fotografías de las fiestas de Santa Engracia (16 de abril), con procesión al calvario y misa en la ermita. Los vecinos y descendientes de Santolea han elegido esta fecha para reunirse una vez al año, recordar su pueblo y rendirle homenaje.

    “Nos reuniremos unas 200 personas” de hasta cinco generaciones distintas, calcularon las hermanas Ballestero, que cada vez que suben al pueblo el monte les “huele a tomillo y romero”. Pertenecen a la Asociación Santolea Viva, que no reparte carnés pero sí afiliaciones emocionales. Todos los que tienen su origen en la antigua localidad del Maestrazgo, sean de la generación que sean, tienen sitio en esta celebración, cuyo momento álgido es el paseo por las ruinas del pueblo.

    La amargura se enjuaga después con una comida de hermandad en Castellote.
    “La asociación nació hace ocho años para poder llegar a más vecinos y aglutinar fuerzas para preservar la memoria histórica del pueblo”, explicó la presidenta, Laura Berné. Como novedad, en el encuentro de este año se inauguró la exposición que ahora se encuentra en Alcañiz y con la que se quiere “homenajear a los vecinos, remover conciencias y hacer justicia a la memoria casi olvidada de lo que fue Santolea”, añadió Berné.

    La asociación reclama que el Ayuntamiento de Castellote y la CHE se pongan de acuerdo para “conservar dignamente” lo poco que queda del pueblo. “El cementerio se encuentra en estado de ruina”, aunque sigue siendo “donde descansan nuestros antepasados”.

    Además, solicitan “hacer una zona de reencuentro, con unos merenderos en las ruinas del calvario, el segundo más importante de Teruel después del de Alloza y que fue arrancado piedra por piedra”, dijo Berné. “Desde allí se ven los restos del pueblo y los vecinos lo visitan siempre que pueden”, explicó.

    Santolea Viva cuenta con una página web (santolea.jimdo.com) y un archivo que sirve de base para organizar actos culturales como esta muestra.

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