• El Puyazo

    Por Francisco Belmonte

    Pijos

    Los pijos ya no van a los toros en Madrid. Ya no hay aquel rumboso cortejo de los bancos a los clientes con entraditas vip y tampoco el caviar y el Möet rulan por barreras y contrabarreras al socaire de un San Isidro de gente guapa que se afanaba en lo cool y en lo chic. Y ya no hay aquel Churri, arréglate que te llevo a los toros porque la santa te vio con ella un día por televisión, y te dejó, pero sobre todo porque aquel regalo de un rabo de toro en la taberna Los Timbales y una tarde de primavera sintiendo la Fiesta en el corazón se fue por la cisterna de una crisis que nos hizo distintos para siempre.

    Volvió el tiempo, es verdad. Y el silencio de los bolsillos se hizo música para muchos al vaivén de la nueva abundancia. Y la gente guapa reapareció en el brillo y la notoriedad, y se recuperó en ese fantochismo festivo del dejarse ver aunque para desgracia de la Fiesta ya no lo fuera entre barreras y tendidos bajos. Demasiado tiempo sin primaveras toreras rompieron aquella costumbre tan madrileña del clavel en la solapa paseando Las Ventas a la hora de la verdad. Volvieron, eso sí, pero en la Fashion Week de Cibeles o en el Master 1000 de Madrid, junto a los Nadal y los Djokovic, a pie de pista y encajonados en corralitos de famosos como fondo de imagen para una foto de periódico o para la cabecera de un telediario nocturno. Quizá por eso la alcaldesa de Podemos se lo quiere cargar. El Master digo. Son muy pijos para dejarlos en paz.

    Los echo de menos. Es verdad. En su ignorancia del toro, en su superficialidad, en su particular fiesta vanidosa ajena al ruedo y en su afán por destacar. Y los echo de menos porque en los toros nunca sobró nadie. Ni esa gente guapa ni los feos de solemnidad. Ni tampoco los jubilados de andanada o los aristócratas y gobernadores de aquel palco público al que siempre va a odiar la mitad. Ni siquiera los del siete ácrata, agitador y libertario… Los toros siempre fueron el pueblo, del pueblo y para el pueblo, el fiel reflejo de una ciudad. Si la plaza se hizo redonda y lo fue por algo más, sobre todo se hizo para explicar la vida y el mundo, el sol y la sombra y que cada uno ocupara su lugar en él. Los pijos se andan marchando de la plaza. Se aburren en Madrid como me aburro yo.

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