• El Puyazo

    Por Francisco Belmonte

    Ferrera, Moral y lo que esconde la verdad

    El toreo necesita una revolución, un tantarantán que lo zarandee para que lo devuelva a aquellos razonamientos del pasado que lo hicieron tan atractivo a la gente. El toreo necesita frescura y dinamismo,  y que se destierre de una vez y para siempre ese nocivo argumento de lo previsible, la sensación constante de que todo está cerrado y pactado en un despacho y de que nada surge que no sea precocinado o al albur del éxito en una repentina tarde.

    Dicho esto dirijamos la mirada al sur. Si Sevilla ha servido para algo es para encumbrar la figura de Antonio Ferrera, que contaba pero no tanto, que estaba colocado en ferias pero dos escalones por debajo de aquellas figuras consentidas que nada dicen pero lucen nombre, de esos que torean sesenta tardes sin despeinarse porque lo tienen firmado desde octubre. Pero es que además Ferrera se ha encumbrado con una de Victorino Martín y otra de El Pilar para dejar dicho que el camino es el de la emoción y el riesgo, que la maestría se forja a fuego lento pero de forma constante y que la autoridad se labra en la cara de toros que de verdad te llevan al límite. Y a Ferrera lo vimos grande con ese toro avieso de Victorino y lo vimos cumbre con la de El Pilar. Si de justicia se tratara, Ferrera hubiera firmando camino al hotel mil y una tardes pero contratará sustituciones o los huecos que dejen quienes tienen la bendición de los grandes empresarios. Y no digamos nada de Pepe Moral. ¿Lo conocen? Otro torero grande condenado a pedir favores. Lo ha hecho durante tres años y después de cuajar inmensos naturales a aquel toro de El Conde de la Maza que le debía haber pasaportado a la gloria. Y lo hará ahora, injustamente, aún habiendo estado importante con uno de Miura que lo puso al límite.

    A Pepe Moral solo lo veremos en Francia, donde los toreros se ganan los contratos en la plaza y sudando sangre, y quizá en alguna sustitución en España de otro torero legionario que sepa de verdad lo que el toreo duele. En España, desgraciadamente, todo está pactado, todo está firmado y todo está cerrado con los cuatro nombres de siempre y los ocho toritos del dengue. Y sin rastro de emociones, sin esa posibilidad cierta de que una tarde alguien te sorprenda y te demuestre que el toreo es maravilloso porque hay hombres que de verdad son héroes.

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