• El Puyazo

    Por Francisco Belmonte

    Curro Díaz, razones que la razón no entiende

    Que el toreo como el corazón, tiene razones que la razón no entiende es cosa que me atrevo a defender aún a riesgo de equivocarme, y que de esas razones incompresibles y a veces oscuras emana cierto tufo a injusticia se me antoja algo que debe ponderarse a sabiendas de que uno con ello abandona el rail de la opinión general. Y es que existe un axioma en el toreo que se antoja ley cuando en realidad es la gatera por la que se cuelan intereses empresariales y de negocio, esos mismos intereses que justifica el propio sistema cuando ensalza o desdeña figuras o cuando coloca en lugar destacado del escalafón, o no tanto, a quien mejor le conviene. El toro pone a cada uno en su sitio, cantan a los cuatro vientos los taurinos, y eso no es del todo cierto. Esa es la manida coletilla que el taurineo utiliza para justificar fracasos y triunfos cuando en realidad es el propio negocio el que desecha espadas, el que utiliza nombres, el que estrella ilusiones o el que las levanta. Entendería que ese axioma fuera cierto si el toro, como ocurrió en otro tiempo, llevara al límite de su capacidad al torero y al hombre. Pero cuando el toro sale al albero medio domeñado y dócil toda esa argumentación queda desnaturalizada y se cae como un castillo de naipes. Claro, porque se crea una falsa realidad en la que son grandes quienes se ponen bonito con el toro de carril y no lo son tanto quienes se tragan la casta, la bravura y la fiereza del toro que de verdad exige, del toro que antes de entregarse al juego de la belleza y el arte pide técnica, valentía y epopeya para vencerle. Pero es lo que hay. Tú para figura porque me interesas instalado en la pomada Domecq y a ti te destinamos a los legionarios porque hay unas cuantas tardes que son de batalla. Por cierto, solo conozco a un torero al que el negocio cambiara el destino. Juan José Padilla. Y tuvo que perder un ojo para ello.

    El problema viene dado cuando entre los legionarios hay tanta grandeza que se antoja una injusticia su desdén como figuras verdaderas de este arte. Y hablo de los Urdiales, los Ureña y de esos toreros a los que se ha asignado un papel secundario en un reparto de despacho con injustos protagonistas. Y hablo sobre todo de Curro Díaz, probablemente el torero que ahora mismo encarne como ninguno el desdén del negocio taurino, siendo como es el torero más grande que en este momento pisa los ruedos. Y es que crear arte solemne en los pitones de una verdadera fiera se me antoja algo inconmensurable. Es la ecuación perfecta, la sublimación del talento y la maestría que se pone al servicio de un espectáculo que necesita de él todas las tardes. De él y de los toros que está matando, de esa filosofía que hace del toreo un espectáculo inigualable, y de un proyecto personal y profesional que debiera ser paradigma y espejo para otros espadas. A Curro Díaz no lo quiero en la pomada de lo insulso y lo vano sino en la del toreo más masculino y pluscuamperfecto. El verdadero. Pero el toreo como el corazón, tiene razones que la razón no entiende. Y ahí anda el hombre acompañando cuando debiera ser acompañado.

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