• Hijos de la trufa

    Aprendieron el I+D+I en sus propias casas, viendo como sus padres micorrizaban pequeñas encinas y las plantaban, con su ayuda, en las improductivas fincas heredadas de los abuelos. Son los hijos de la trufa, los que nacieron casi a la vez que la micorrización en la provincia de Teruel y crecieron entre carrascas.
    Sus padres fueron truferos, pasaron muchas horas en montes de toda España cazando y luego reconvirtieron, tras aprender en Francia, los campos que apenas daban nada en las fincas agrícolas más rentables del territorio nacional. Con el diamante negro que sacaron de las entrañas de Gúdar-Javalambre se pagaron sus estudios, algunos de ellos internacionales, y ahora los frutos están llegando. La trufa fue clave en el pasado de Sarrión y los pueblos de alrededor, es el presente y para muchos será el futuro. Han vuelto a casa, muchos con formación universitaria, sabiendo idiomas y habiendo estudiado en las aulas la teoría de cómo se pone en marcha un negocio de la nada, una lección que ya llevaban bien aprendida de casa. Y ahora le van a dar un nuevo impulso al sector. O al menos eso esperan sus padres.

    Sarrión es de los pocos pueblos de Teruel que, en plena sangría demográfica, amplía aulas en su colegio. La trufa ha enraizado a la población a esta localidad donde sus pobres tierras hicieron salir a muchos para buscarse el pan. Ahora el futuro lo tienen en su propio pueblo y es gracias a la Tuber melanosporum.
    Los hijos de los primeros truferos –José Rozalén, Daniel Bertolín, Manuel Doñate, José Igual o Eladio y Eugenio Salvador, entre otros– van a seguir con el negocio familiar. Lo han mamado desde pequeños y han aprendido de los mejores. De esos que saben lo que es el trabajo duro del campo y del monte y han pasado “frío en los talones”, como dice Manuel Doñate. Casi todos los que antaño fueron truferos tienen edad de jubilarse y saben que el negocio seguirá en buenas manos, pero se resisten a dejar un trabajo en torno al que ha girado toda su vida y la de sus mujeres, con las que han trabajado codo con codo.
    Pero además de a sus familias, el negocio que iniciaron hace unas décadas los visionarios de la agricultura en Sarrión y al que luego se sumaron otros muchos da trabajo a numerosas familias. Julio Perales, que es presidente de la Asociación de Truficultores y Recolectores de Trufa de Teruel (Atruter) y también tiene relevo para su empresa en el seno de su propia familia,  apunta que algunas estimaciones hablan de que cada diez hectáreas de trufa dan trabajo a una persona durante todo el año. Se calcula que en la zona de Gúdar-Javalambre hay unas 8.000 plantadas por lo que, si se tienen en cuenta esas cifras, este pequeño hongo crea unos 800 empleos directos.
    Las hijas de Daniel Bertolín le preguntaban a su padre que para qué plantaba esos árboles. Ahora trabajan en el negocio familiar y además tienen sus propias plantaciones. Y, aunque salieron a estudiar, han vuelto: “Ver a los nietos todos los días y que sigan con nuestro trabajo es una gran alegría”, reconoce Bertolín. También dos de los tres hijos de José Rozalén están vinculados a la trufa. Su formación académica no tiene nada que ver con la agricultura, pero la de la vida, que es la que han aprendido en casa, huele a melanosporum. Sus recuerdos de la infancia les llevan al campo en el que regaban con cubas unos árboles que no sabían muy bien para qué servían, dice María José Rozalén. No se imaginaban entonces que ese trabajo agrícola sería la base de buena parte de los libros que se han escrito en España sobre truficultura. Los hijos de Eladio Salvador aún están estudiando, pero el mayor, Khristian, se está formando para trabajar en el sector agrario, con lo que el relevo familiar está asegurado también.
    La apuesta de estos jóvenes por la trufa marcará un punto de inflexión en el sector. Si sus padres fueron los que pusieron en marcha la truficultura, de ellos se espera que impulsen la comercialización y promoción. “Nosotros empezamos de cero, que es muy difícil, y ahora nuestros hijos y nietos se extenderán al ámbito de comercializar, de generar más riqueza con la trufa”, vaticina Daniel Bertolín. En este sentido, Julio Perales coincide al señalar que “dar paso a gente con nuevas ideas, nuevas expectativas y mentalidades distintas provocará sin duda un cambio”.
    Más negativo se muestra Manuel Doñate. Dos de sus hijos y el marido de la tercera viven del negocio familiar, pero destaca las numerosas trabas que se encuentran en los despachos para que la carrasca siga colonizando terrenos, algo que a su juicio puede lastrar seriamente el crecimiento del sector. “Hay campos que se abandonaron porque no se podían trabajar, pero ahora no nos dejan cultivarlos”, denuncia. Precisa que aunque Sarrión se cultivara las mismas hectáreas que en la década de los 60 seguiría habiendo un 89% de bosque, “mientras que en muchas zonas de Aragón no llega al 37%”, apunta.  Doñate reconoce estar orgulloso de sus tres hijos: “Tienen carrera pero han vuelto al pueblo”, aunque lamenta que, si no cambian las políticas “no tienen más recorrido. Todo son pegas, parece que a los que mandan les interese que los pueblos se terminen de despoblar, que solo haya cuervos”, asevera.
    Los hijos están orgullosos porque saben que sus padres fueron pioneros y que su trabajo es una de las mejores medidas contra la despoblación que se ha puesto en marcha en Teruel. Sin papeleo en los despachos ni comités de expertos, solo con sus manos, sus fincas, su esfuerzo económico y algo de apoyo de las administraciones en los inicios. Los padres aún están más contentos porque sus trufas, esas por las que tanto han luchado, seguirán arraigadas a la tierra y, con ellas, sus descendientes.

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