• El Puyazo

    Por Francisco Belmonte

    Recuérdame

    Ha muerto uno de los grandes, uno de esos toreros que dejan huella en el tiempo y que en su caso fue el envés de una misma revolución compartida con Manuel Benítez El Cordobés a los sones de una música ye-yé. Ha muerto Sebastián Palomo Linares, la cara B de aquella guerrilla sesentera que con la única y maravillosa munición de la personalidad -atractiva, desbordada y desbocada-, doblegó la firme voluntad del negocio taurino. Tal fue su fuerza. Tanta que algunos de aquellos jefazos de puro, despacho y guayabera se confabuló para que no volviera a ocurrir. “Nunca más”, se dijeron. Y así fue.

    Y ha muerto quien brilló con luz propia en un firmamento irrepetible de constelaciones, de estrellas fulgurantes que con solo nombrarlas seducen… El Viti, Diego Puerta, Paco Camino, Curro Romero, Rafael de Paula, Antoñete, El Cordobés… Entre ellos, uno de ellos, uno de aquellos inmensos toreros aún no bendecidos por el purismo oficial como generación irrepetible, como orquesta sinfónica de maestros virtuosos y genuinos que en su conjunto ofreció un maravilloso tiempo a este arte. Pues en él, Palomo Linares fue parte importante. Y por ser parte de él, el purismo cicatero lo condenó a los infiernos del desdén, del pero permanente y de la semblanza fría a pesar de que el pueblo lo cantara todas las tardes llenando las plazas hasta la bandera. ¡Ay, un Palomo Linares hoy en Sevilla…! ¡Ay, un Cordobés…! Y lo condenó, no se olvide, porque cometió un imperdonable pecado, una afrenta tan insultante a sus ojos dogmáticos e intransigentes que le pasó factura inexorable: Cortó un rabo en Madrid, algo escandaloso para el oficialismo de la prensa adocenada y algo vergonzoso y vergonzante para el aficionado “elevado”. Y algo envidiable, que no se olvide, para quien como él compartía la aguerrida rivalidad de ser el mejor en los ruedos. Porque entonces, mis queridas figuras de pitiminí, había rivalidad verdadera. Por cierto, la envidia es el peor de los pecados capitales porque no ofrece placer y solo busca la destrucción del envidiado. ¡Aquel rabo de Madrid, cuánto daño le hizo!

    Pero Palomo Linares ya hoy está por encima de eso. Su gran hito allá quedó y sus tardes de gloria y sangre son su más fiel historia. La muerte oculta desdenes, silencia disputas y levanta pasiones. Porque hoy El Cordobés ya no volverá a ser su más íntimo enemigo ni Paco Camino le dirá muchacho diez veces ante las cámaras de televisión. Hoy su vestido blanco y plata se hace mito y la vieja Carabanchel reverdece la ilusión vana de vivir Novilladas de la Oportunidad. Y hoy, en el recuerdo íntimo y familiar, aquel bocadillo que alguien querido le hizo hace cincuenta años para saciar su hambre a la salida de Teruel. ¿Cómo te llamas chaval?, escuchó cuando marchaba a pie… Sebastián Palomo Linares. Recuérdeme.

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