• La espuma de los días

    Por Juanjo Francisco

    Mundo rural

    La actualidad turolense lleva ya unas cuantas fechas replicando informaciones relativas a los problemas de la despoblación territorial que se han visto reforzadas por el televisivo Évole con su famoso programa. No vi la emisión de este domingo pero, a juzgar por los testimonios consultados, tampoco fue una cosa del otro mundo aunque sí hay que reconocer que Salvados es un importante altavoz para difundir cuitas sociales de todo tipo.

    Las redes sociales, como pasa ya con todo, han evaluado dicho programa y creo que no ha salido muy bien parado. No sé si los autores de las opiniones críticas pertenecen o no a gentes del mundo rural pero sí he detectado que hay mucho opinador que ensalza también las bondades de vivir en los pueblos.

    Y, claro que también hay ventajas en residir en el campo, pero hay territorios y territorios. Entiendo que la mayoría que permanece en el mundo rural lo hace porque quiere y puede permitírselo y ahí radica la esperanza en que no todo esté perdido, en la presión permanente de los residentes para no tener que convertirse en resistentes.

    Hay que darse alguna vuelta por el centro de la Península, ya no hablo de las regiones consideradas ricas, que están todas en la periferia, para ver las diferencias entre el mundo rural de esos territorios y el nuestro, de Teruel, o de Soria, Guadalajara, Cuenca y alguna provincia más.

    En La Mancha, por ejemplo, los pueblos da gloria verlos. Hay corrillos en la plaza en las horas de la mañana, tras el pertinente café o copa, hay tiendas que abren sus puertas porque los clientes acuden puntualmente y el cartero recorre las calles con un carro repleto de correspondencia y grupos de niños se encaminan a la escuela. Estampas cotidianas y nada excepcionales que para sí querríamos nosotros. Con ese paisaje que he narrado sí que apetece vivir en un pueblo si puedes elegir esa opción pero en el 80 por ciento de las localidades de Teruel esa estampa descrita desapareció hace más de cincuenta años. Hay poca vida idílica en el mundo rural turolense y sí determinación por permanecer.

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