• La espuma de los días

    Por Juanjo Francisco

    Mundo Cocina

    Llevó mucho tiempo fascinado por todos aquellos que lucen habilidades en la cocina. Los que las lucen, eh, y no los que hablan y no paran sobre su toque exquisito pero que nadie ha comprobado porque nunca invitan a ello.

    Hay algo atávico en los cocineros. Poseen el don de la clarividencia ante la puerta de la nevera y la abren con una resolución propia del niño que se va a zampar una chocolatina. Estos cocineros, los de andar por casa, que son con los que uno se trata, son seres felices que no son conscientes de tal condición. Consideran natural juntar elementos, más o menos al azar, y combinarlos para terminar en un guiso con el que saciar el hambre, una sensación elemental. Y el mundo sigue girando.

    No saben estos hábiles cocineros caseros que hay congéneres que miran la nevera con la misma emoción que las vacas al tren, que padecen cierta ansiedad creciente ante la mole blanca, ahora también de colores, que marca el pulso vital en el dulce hogar. Qué va. No tienen ni idea.
    Si uno no sabe cocinar o no tiene cualidades o se asusta con facilidad ante ese reto, es un ser en desventaja. Podría dedicarse a ser transportista o conductor de vehículos pesados en largos trayectos porque ya tiene garantizada la excusa: la falta de tiempo y de medios. Si no es así, está condenado a practicar o a aplaudir eternamente las cualidades ajenas.

    Por si esa sensación de desamparo no fuese suficientemente demoledora, al que no cocina le llega como a todos los demás el aluvión de programas, concursos, desafíos y todo lo que uno quiera imaginarse, alrededor de la cocina y los alimentos y toda la cantidad de posibilidades que ofrecen.
    Este mundo cocina en el que nos toca vivir está generando una verdadera discriminación silenciosa y va camino de crear grupos de parias que, por si algo les faltaba, tampoco tendrán derecho a competir en igualdad de condiciones en el ámbito social y de relaciones con todos aquellos majetes que son unos virgueros entre los pucheros, reyes del mundo parecen.

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