• La espuma de los días

    Por Juanjo Francisco

    Viejas Quimeras

    Si de verdad hemos emprendido el camino de salida del túnel en el que hemos vivido practicamente diez años, en términos económicos, digo, si de verdad el techo de gasto ya no estará tan bajo, si de verdad se alumbran tiempos de más luz, si todo es así, también es momento de repensar algunas viejas quimeras localistas que, no por ser difíciles de concretar, merecen menos esfuerzo y determinación.

    No hace muchas fechas trascendió la visita a Teruel de un grupo de jefes y oficiales de una unidad especial que la OTAN tiene en Bétera, en la vecina Valencia. Su interés no era otro que conocer los escenarios de la batalla que aquí ocurrió durante la Guerra Civil. Es esta una ocasión más para pedir que alguién tome la iniciativa y trabaje con seriedad y rigor para conseguir que Teruel albergue un espacio museístico sobre esta parte la historia, que si no se quiere dar ámbito nacional por su complejidad, sí puede tener al menos un contexto puramente local. Pero necesitamos mostrar ese pasado nuestro porque, mal que le pese a muchos, cada día despierta más interés.

    Aquella visita de los militares profesionales de la OTAN tuvo que ser atendida, primero con muy buena voluntad, y segundo, con bastante precariedad de medios.

    Me consta que la idea de musealizar la Batalla de Teruel no entusiasma a la administración. Intuyo, y solo es eso, intuición, que es este un tema peliagudo y que hay cierta pereza por su complejidad social. Admito que las susceptibilidades que despierta la temática no se han agotado y reconozco que los tiempos políticos actuales no son precisamente propicios. Pero hay que empezar a trabajar al menos a medio plazo para que Teruel sea algo más que amor, mudéjar, jamón, esquí o naturaleza rural virgen, para ofrecer y divulgar un trozo de pasado que tuvo, tiene y tendrá, relevancia mundial. Y no es medieval, para variar.

    Este asunto de la batalla es un filón por explotar y necesita coraje político para desatascarlo y, aunque se pueda pagar un peaje desagradable, tiene enjundia suficiente como para merecer el esfuerzo.

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